Los ángeles muertos y los viejos cuerdos son hilos de viento y azules de cielo. La magia que veo, el sol que yo quiero, los besos sin precio, mi alma y documento.

martes, 16 de junio de 2015

Alguien dijo






En la cúspide de la idiotez, el cuchillo con que el hombre abría el paquete de discos para empanadas, inconcientemente apuntado hacia sí mismo, zafó  incrustándosele en el pecho. Con los ojos desmesuradamente abiertos, pues no era para menos, intentó decir algo inaudible en tanto expiraba.

Nadie comió ese día preparado para fiesta, primero porque la sangre había arruinado el picadillo y los circulitos de masa, segundo, porque debían preparar el velorio del pobre tipo que en su agonía habría escuchado cuando alguien molesto y contrariado por el incidente dijo, “¡qué pelotudo!”.

De alguna manera los presentes y curiosos llegados asintieron esta sentencia impiadosa dejando al que se moría sin remedio con tres palmos de nariz.

Así fueron las cosas aunque este relato parezca el pésimo argumento de una película de cuarta, los peores calificativos para el reciente cadáver, lejos todavía del “rigor mortis”, opacaron sin distingos las lágrimas sinceras y las de compromiso que nunca faltan.

Un par de perros, uno del domicilio y otro callejero arrimado, dieron cuenta del frustrado menú que un delirante sin escrúpulos arrojó al tacho de la basura fuera de la casa. Cuando se percataron de esto ya era tarde y los canes se habían recostado a la sombra relamiendo sus bigotes rechonchos y satisfechos. “La sangre de Cristo”, dijo un no sé qué pariente con cada de compungido graficando su propia ignorancia y desparpajo.

De cualquier manera fue imposible detener el comentario que se deslizó en cuanta lengua sin criterio, ni siquiera con hilachas de humanidad, inflando un  palabrerío ramplón que daba vergüenza.

Desde entonces, ya pasados los años, las empanadas siguen siendo mal vistas en la casa del comedido que aquél día nefasto se ofreció a prepararlas, decretándose de alguna forma su innecesaria e improductiva muerte. Incluso en el barrio dicho drama dejó la enseñanza de no comprar jamás discos en bolsitas sino que cada quien hace masa casera para no caer en un crimen autogestionado. Al mártir de la estocada doméstica ni siquiera lo recuerdan por su nombre, salvo los deudos antiguos, pues como se dice vulgarmente, debajo de la alfombra del mundo está lleno de finados útiles o inútiles.   (JLR)


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