Estoy en un desierto y la palidez es el aura de mi encuentro.
El sol brilla como el rey que es, no puedo describirlo, ni siquiera es válido que lo diga.
Apenas se mirar y me emociona hacerlo.
Las enormes paletas verdes descienden del tronco enredado, o trepan por el, y al modo de los equilibristas sus flores amarillas se elevan intentando sus contorsiones cerca del cielo.
Ellas me confunden agradablemente. Escucho el susurro de una tarde tibia, me recuerda quien soy, es la vida, siempre es la música de Dios, el azul de mis pensamientos, el espacio que me supera, los abrazos que derivan perdidos por descuido, jamás por descortesía u olvido.
Camino en una dirección ausente sin acuerdos para iniciar otro vuelo.
Un par de líneas se sientan a mi lado y un soplo feliz me recupera.
Es la hora, tengo seis minutos para dejar un texto, es mi límite y no se por qué, pero es un tiempo suficiente y apelo a las antiguas fantasías que me sustentaban.
No es posible, me contestó alguien, no hay recetas para eso, solo tienes que mirarte hacia dentro y si nada ves, será por que tu magia humana se ha extinguido.












