Los ángeles muertos y los viejos cuerdos son hilos de viento y azules de cielo. La magia que veo, el sol que yo quiero, los besos sin precio, mi alma y documento.

martes, 7 de octubre de 2014

Libre y mágico

Tal vez fue Penny Lane allí donde creí que él cantaba como John.
Ella vendía flores mientras él ofrecía canciones por monedas en las esquinas y en las mesas verdes de los bares pequeños con puertas rojas y olor a tabernas marineras.
Eran entrañables de su pueblo, ramos de corazones abiertos y poemas de soles internos. 
Él escribía delirante y loco en el atrio de sus amores y desencantos, brillante y lírico, decían, hermosa, dulce y fino nácar de piano, ella. 
Dibujando en el aire una muñeca de humo gritaba "toma revancha" y decía que su chica era Michelle, que caminaba descalza por el diapasón de su guitarra, en el azul de las paredes y en el ocre agónico de los árboles que no ocultaban sus raídas vestimentas.
Como un profeta del espacio y la fotografía de Linda Paul habitaba su mente que bailaba con Eleanor, la señora Rigby, florista de Liverpool que vive en las armonías de su banda.
Solo se que éramos niños cuando corríamos por el Strawberry Fields, donde hoy las rejas son inviolables y hay un millón de flashes japoneses capturando imágenes como en la senda blanca de la tapa legendaria de Abbey Road.. 
¡No me dejes caer!, grité y me vi solo, robando sueños de Ringo y George, geniales y 
libres, igualmente mágicos por cuatro almas y siempre misteriosos como ayer.
                                                                        
                                                                                Texto y gráfica de José López Romero

viernes, 6 de junio de 2014

millones de manos


Protocolos, pre conceptos, pocas son las sorpresas, la ruta está delineada para que nunca hallemos la fantasía del azar en este valle, el de las lágrimas, como suele decirse, já. 
El fondo del teatro de los días suma tinieblas y soledad codo a codo, mientras una luna de alto voltaje acomoda figuras y sensaciones, un modo escrito de lamer la vida, por donde se escapa la luz oculta de un rincón, el rugido del león, un poco de odio, una dosis de amor.
Todos estamos en el andén y a lo lejos aparece el beso y el aire de una copla ferroviaria y una puta ilusión que no se amarra a este tiempo ni con farol de luz verde.
Un poema es deshojado, apretado al piso y al cielo que abre su compuerta en contadas ocasiones, es raro este discurso verdad?, tienes razón, pero no me disculpo.
He perdido la punta del hilo y el tren se aleja con mi equipaje, alguien me dice que tiene un boleto repetido que lleva mi nombre y lo tomo a préstamo. 
Semillas de suertes flacas secan la lengua y hacen corte de manga. El cantor se desliza desde las cumbres, el tapiz es un desierto y también el hueco palmar de los aplausos, nada le importa, es prisionero de sí mismo y lo celebra conmigo. 
Alguien ha muerto en la calle, las sirenas llevan su alma y la arrojarán en una garganta de cemento envolviéndola con su aliento podrido.
Millones de manos dibujan un mar de pálida piel, todo parece escrito en el diario de hoy pero bien podría haber sido fagocitado por un pasquín de ayer. La muchacha que asumió su sexo hace su rutina de persona común igual que otras millones de historias de pelo color y que sé yo qué. Tal vez  dirá que este zapato tiene la suela al revés, pero el tiempo desenvuelve una esquina que canta y discurre con almas desorientadas como la mía, lo hace en cada puerta y en cada señor que acomoda sus gafas en el acto de sacar la basura a la vereda mientras putea desaforado a unos tristes perros hambrientos preparados para el asalto a su bolsa. 
Canto un réquiem al bostezo de la noche y al "emotema" del pobre que busca un tesoro salvador en la madrugada, pero eso es cuestión de gatos vagabundos. Él no lo sabe.
Me permito una patada al aguijón del desencanto, el que vos y yo sabemos nos adeuda una gema cualquiera que nos acomode el bocho, no cierres el puño, y no creas tantas cosas. Gracias 
                                                                                           Gráfica y texto de José López Romero

jueves, 17 de abril de 2014

el cuaderno abierto

Mis juguetes fueron humildes pero hermosos, repetidos, esperados y a veces terriblemente extraños. Con ellos mezclaba dibujos, los hacía hermanos, completamente parientes, aunque  no lo entendía. Hoy pienso que nada es casual y todo tiene su razón de ser, ellos, mis juguetes no fueron ajenos a la época que se prendió a mi memoria con sus contrastes crueles y grotescos. Mi fantasía era confusa por instinto y sin explicaciones, como la muerte de mi único soldado de plomo el día que cayó del barco que cruzaba el océano de la laguna de los patos. Poco antes de que naciera había terminado la segunda guerra y unos más adelante fuero días de fusilamientos en el país, cosas que la decena de mi edad no atinaba a comprender mientras escuchaba atractivas marchas militares. La imagen del dibujo es de una muerte absurda como tantos asesinatos sembraron una extensa parte del mundo. La película reflejaba el martirio de tanta gente en los 40', quién no lo sabe, por millones muertos, y este criminal uniformado de botas lustrosas arrastraba una niña luego de atravesar su cabeza con un disparo de su pistola.                                                                                                                                                                                            (Gráfica y texto de José López Romero)

lunes, 24 de febrero de 2014

de lunes berreta

Un beso es la vida gratis, o viceversa, 
algo así como un acorde final escrito en una esquina rabiosa, 
casi hundir los pies en el viento, que sin embargo simula ser barro.
Veo pasar los cielos con sus miles de millones de historias
 y un circo que desploma su carpa sobre mis ideas, 
apenas dos o tres fibras tontas, la eternidad siempre fue un reto.
Alguien dice que el miedo es una nota disonante, 
y podría ser así, aunque es música y soy profano en la materia, 
hay manjares prohibidos y suelo ahogarme en una copa de limonada.
El corazón en cada uno hace idéntica tarea hasta que se detiene,
músculo del insomnio que  individualmente ama, sufre y odia a su modo.
En el trono del baño y en la fosa del adiós nos igualamos,
es cierto, allí calificamos más o menos con la misma puntuación, pero
la creación nos hizo figurativamente abstractos, un manojo de vanidades sin sentido común.
Son palabras imantando pensamientos de un lunes "berreta",
y el fuego quema las llagas antes que un remolino de papeles adversos caiga en el abismo.
                                                                         
                                      Texto y gráfica de José López Romero, Esperanza, Santa Fe, Argentina

miércoles, 29 de enero de 2014

Hablar contigo

El tiempo hace su trabajo y también lo hace el viento, 
la lluvia y el barro, por dar ligeros ejemplos de madurez que no poseo. 
La mente recoge y acumula los restos de mi naufragio anterior, 
contabiliza millas, soles abiertos, noches cerradas en el mar de las estrellas, 
 y en la pronunciación de los horizontes imaginados en el agua eterna de un libro perdido.
Hablar contigo me deja saber que somos tangibles y cercanos al amor, 
que suele ser errante o luminoso en la realidad del laberinto que nos encuentra.
Estoy buscando una nueva fantasía que me vuele la cabeza para no volver de nada. 
No sé si en el empeño encontraré red para caer con seguridad o garantía desde el fondo de la vida que nunca fue ni será regalada. 
                                                            Texto y fotografía de José López Romero

jueves, 28 de noviembre de 2013


Era el principio de los 70' y Andrómeda, nuestra banda, fue la primera que llegó a este lugar hoy abandonado, triste y lejano de aquellos días de Gatos y Rolling Stone.
Seis muchachos del interior que comenzábamos a rodar nuestra propuesta, cuando lo impuesto decía otra cosa, pero nosotros como otros, queríamos algo diferente.
María Luisa fue el pueblo de nuestra segunda presentación, pista al aire libre en el bar de Galetto, noche de verano y pelos al viento, con el estruendo en las orejas que parecía salir de los nobles equipos nacionales, un Leme de 50 para las voces y otro para la segunda viola, uno de 25 y el Ucoa de 60. Imaginábamos una enormidad con el volumen al mango, y pensábamos en aquél festival de medio millón de personas donde a un kilómetro la tierra se sacudía y a diez se escuchaba sin pagar. 
Cada vez que regreso a esta localidad por lazos de parentesco, doy una vuelta por el lugar que aún me produce vibraciones y no oculto que una emoción muy fuerte. 
Lamento que el escenario haya sido destruido para llenar su hueco con un auto. 
El buen veneno de la música sigue latente cuarenta años después y es mi promesa hoy, 2013, que volveré a tocar allí, para despertar a los viejos pero renovados duendes que nunca me abandonan. Amén.

                                                                                  Texto y fotografías de José López Romero 

sábado, 9 de noviembre de 2013

tonos ligeros


Tomé unas líneas sin medir su valor, 
ni sé si está bien expresado, aunque al fin es lo mismo, 
pero quise dar unos pasos y me asomé a la ventana,
la calle decía sus cosas y algo me faltaba de ella.
Edifiqué una pequeña torre, ni tan alta ni tan torpe,
y allí habité su espacio íntimo, 
lento y calmo, sin nieblas, apenas melancólico, tal vez.
Era el empujón que necesitaba,
y a la semana dormitaba en un coche segunda clase del Estrella del Norte.
Jamás dudé ante aquella aventura y fue la primera página.
Una sucesión de imágenes acompasaron mi sueño.
No tenía nada para escribir mis referencias,
todo era nuevo y quedaba en el aire,
o en el fondo de mi actitud rebelde.
Una sinfonía de rieles y durmientes resonaba jubilosa,
no importaba el asiento duro de un boleto mínimo,
ni siquiera el rito provinciano de las valijas enormes,
y las mascotas en una bolsa de cabeza afuera.
El olor era diverso, entre humano y animal,
discusiones de alcohol, conversaciones altisonantes,
vendedores de baratijas, "fiolos" detectando muchachas ingenuas,
montones de ilusiones echadas al todo o nada de la suerte mundana.
Todos andamos y buscamos, cada cual a su tiempo, 
pensaba mirando el espejo de la pensión "El Coral", del Once,
aburrido en mis iniciados días de soledad,
ciudad hacinada, como hoy lo sigue siendo, Buenos Aires.
No pensaba aún en acostumbrarme,
mientras tanto el reloj de la plaza marcó seis campanadas,
y yo bajaba las escaleras del subterráneo en Miserere,
cuando vi al saxofonista como salido de un cuento de Cortázar.
La cola mágica de la gente serpenteando entre sí,
indiferentes, andar nervioso siempre de rutina y paso,
el sonido profundo del músico chocaba en sus miradas vacías,
no podía ver mis ojos, pero creí percibir algo diferente, y sonreí feliz.
En "El navegante" me sorprendería aquella dama,
vestía ropajes antiguos pero de telas cuidadas,
eran las diez, y el almuerzo me encontró escribiendo, 
la señora del bastón saludó con un ademán sin mirar a nadie.
El mozo apartó la silla de su mesa y ella se sentó con definida gracia,
me subyugaba su  personalidad, de tanto en tanto la miraba,
unos días más tarde, recibí una tarjeta a su nombre diciendo,
¿quiere conversar usted conmigo? 
Sorprendido supe que una extraña historia se abría,
y que a veces las cosas suceden de esta forma,
me dejé llevar por el momento sin pensar demasiado, y en medio,
el mozo apareció con una pequeña copa azul que olía a rosas.  

                                                                                 Gráfica y texto de José López Romero

  

martes, 22 de octubre de 2013

de orejas bajas me digo

El andar tranquilo del "marroncito" se llevó mi vista y quedó en el "para siempre" de una foto.
Pasillo angosto que no camino con frecuencia, en la costumbre de los mismos pasos que se repiten tediosos y sin sorpresas, por el interior de la casa.
Es poco lo que hay en el, o que no podemos ver sin el corazón puesto en la mirada. 
Los cacharros con plantas de crecer lento, el arbolito de las flores amarillas en su altura, o las hojas redondas cual paletas de pintor,  al parecer salidas de los ladrillos desnudos del tapial.
Los sentidos suelen dormir en nos, y dejamos de percibir desde el instinto, pues cada cosa latente o no, tiene algo que ver en nuestra vida. La mancha en la pared, el rocío deslizándose hasta la franja de tierra sedienta, las hormigas que resisten el ataque de tanta humana  molestia, mi ocio persecutorio y la oreja en "orsai" del viejito mascota recorriendo su dominio.  
                                                                    Texto y fotografía de José López Romero. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

apenas un cuento


El piso estaba encerado y el muerto tan tieso como grotesco. 
Las dos mujeres tomadas fuertemente de sus manos miraron con recelo los uniformados portando fusiles relucientes, sin barro de trincheras.
Los dedos apretados en los bolsillos, ocultaban el nerviosismo del hombre moreno, algo había en el ambiente que presagiaba más muertes.
El barbero siguió con su rutina y palpó algo en su cintura al tiempo que sonaron tres disparos.
Ruidos de botas inundaron las cercanías y un cura que bendijo la boca del fusil que lo mataría, cayó con sus brazos en cruz, modelando con su carne el martirio de Jesús.
Los habitantes del pueblo estaban en su casa, subieron el volumen de la tele, se enterarían de las noticias al otro día, a la hora del café y de una congoja desapercibida, urgidos de borrar de la mente el nunca más de una vida desconocida o no.
Las puertas permanecieron cerradas y también los corazones fríos de quienes suelen protegerse por encima del dolor de otros, aunque vivan en su misma calle.
Las señoras de la misa de siete serían puntuales otra vez y olerían la pólvora todavía en el aire. Las olas no dejaron de golpear las riberas, y muchos saldrían a mirar vidrieras y ocuparían las mesas de los bares de moda. 
Las lluvias nunca son las mismas aunque lo aparenten, ni las lágrimas o el brillo del sol.
Habrá, como es costumbre, quienes digan frases hechas sobre una trágica comedia, más allá que  no se trate de una ficción, sino del pecho atravesado por un carnicero feroz.
                                                                                                        (Imagen y texto de JLR)

sábado, 14 de septiembre de 2013

allí están


Mis apuntes parecen malandrines vagando por cualquier paraje o escondrijo, intentando eludir una búsqueda o un encuentro brutal con su realidad adversa. 
Creo verlos con rumbo incierto hacia costas bravías como si fueran barcos errantes, ansiosos de playas donde recalar, pero solo son mis papeles furtivos o desaparecidos, combatientes ociosos de ninguna batalla o revolución subjetiva. 
Podría imaginar pasadizos y recovecos, túneles secretos detrás de murallas y cualquier  fantasma atento para sustentar la fuga de mis palabras buenas, tontas o malas. 
Allí están, propensas al desparpajo, con su actitud de piezas sueltas, libres en mi cubil pero al fin de cuentas presas en sus celdas abiertas que van rodando caprichosas, sin anclaje ni virtud o destino aparente.
Apenas andan como un mendicante en la calle que no hace daño ni tuerce la voluntad de nadie. Mis letras heredadas y ausentes planean la soledad y el orgullo fanático de hacer lo que tengan en ganas mientras tengan el sustento de sus propias alas.
No son una mujer bonita, tampoco una máscara de brillante fealdad, dicen ser pensamientos rebeldes que trepan entre músculo y espacio, peldaño a peldaño la escalera de la libertad que nos les fue concedida cual un derecho.
Yo no entiendo su mensaje ni tampoco el absoluto, dejo que hagan su mundo, que dibujen  fantasías, sueños y luchas, esas sensaciones del metabolismo que fabrica dudas.
No les daré cobijo ni sentiré dolor por el suyo propio, las quiero a mi lado con sus rostros limpios sabiendo que solamente muy de vez en cuando, molestan.
                                                                                       Texto y fotografía de José López Romero

miércoles, 21 de agosto de 2013

Serás tú


                                          Obra de Roberto Favaretto forner, artista santafesino

Cuando quede sin ánimo para mirar adelante, más allá de lo acostumbrado.
Cuando no pueda dormir porque mi cabeza me pidiere lo que no alcanzo.
Cuando mis manos no sostengan el mundo que imaginé y todavía busco.
Cuando el río suene y cierre mis oídos para no seguir detrás de su murmullo.
Cuando un niño estire sus manos en un verso de hambre y yo mire al costado. 
Cuando el cuando de miles de cosas me cuestione sin entender sus preguntas.
Ese día diré que no quedan caminos para que mis huellas descubran lugares, seres inolvidables, ni rumbos de aquél mar de la mocedad, o faros en las riberas de mi alma.
La música y la fantasía me dejarán sin sustento, y alguien que supongo será tú,  pondrá una flor entre mis manos cruzadas en despedida.

                                                                                            (Imagen y texto JLR)

viernes, 9 de agosto de 2013

situación de amor


Plaza San martín (1968) Buenos Aires. Con Etchegaray, Bogarín y Baranda (arriba), yo y Merkel (abajo, amigos aún no recuperados.

Sé que no puedo escribir todos los tramos de mi camino,
es tonto pensarlo pues el destino juega a secas sin pedir consejos, 
se acomoda como puede en cualquier rincón de uno, y luego sucede.
Digo tanteando en la oscuridad de lo que abría por delante,
nadie sabe cuándo se corta el hilo que nos sujeta a la vida.
Es elemental, siglos y millones incontables de almas pasaron,
y tuvieron las mismas dudas, los sueños de su intelecto, la fama, la gloria o la derrota.
Todos estamos en situación de amor, de crisis o de sospecha,
como tristes son los bancos solitarios de una escuela.
Pienso que amar es ponernos ocasionalmente una nariz de payaso,
o explicar una virtud espiritual subjetiva, con el peso del propio sello, nada más.
Solemos confundirnos en el autorretrato y la estrategia social,
ante la necesidad de sobrevivir en la periferia de una realidad hostil.
Quién recogerá el hilo de nuestro libro frágil, humilde pero también ambicioso, 
todo está en la cabeza, son apuntes que alimentamos con demasiada impaciencia.
Siento que podría inventar algo con un manojo de palabras dichas hasta el hartazgo, 
desmenuzarlas a solas con dios apostando el corazón, 
o en su defecto claudicar en la visión borrosa de una copa de pésimo alcohol.  
                                                                        Texto y foto de José López Romero  

sábado, 27 de julio de 2013

bachuchines

Empecinado con el niño de mi sangre, lo miro crecer, percibo su personalidad, las cosas que acepta y las que deja de lado. Su mundo tiene muchas figuras y colores, lo que va creando con rayones que dicen algo en su idioma, que aún no se lee como el nuestro. 
Guitarras, sonajas y tambores, autos, camiones, rompecabezas y un montón de papeles conforman el escenario de la vida que va haciendo a su modo. 
El "Fu", que no es otro que Mickey significa su aliado más común, también las herramientas de Manny pero, más allá de los chiches nuevos, mi pibito encuentra en objetos de treinta años, los juguetes de mis tres hijos, uno de ellos su padre, un solaz atrayente y eso me alegra.
Me pone a pensar que los niños son capaces por sí mismos de poner valor en aquello que a los mayores nos parece insignificante, y nos equivocamos cada día o ellos nos enseñan. 
Cuánto daría por un concierto de mentalidades acompañadas por lo cotidiano que no trasciende por su precio, sino por el sentido de lo práctico.
La modernidad no nace bebes distintos o evolucionados desde el vientre de su madre, todo lo adicional tiene que ver con nosotros y una identidad de mercado.
Dejemos que escondan bachuchines en su ropa y tesoros secretos debajo de la mesada. 
Que su desorden difiera con el que proponemos a diario, aunque choquen entre si por el egoísmo que proponemos desde un amor excesivamente proteccionista .
Un día saldrán a la vorágine loca de la realidad con otros argumentos y será justo.  
                                                                        Gráfica y texto de José Lópes Romero

viernes, 5 de julio de 2013

colorear el alma


 Los pasos dejan huellas sobre las hojas,
Igual que la tarde cayendo hacia su costado profundo.
Trato de entender las miradas que encuentro recorriendo calles, amando la naturaleza heredada, las paredes donde todo sucede y cuentan historias.
Levanto mi mano instintivamente, porque un saludo es igual en todo tiempo.
En los pueblos queridos es así, aunque algo nos conmueva de tanto en tanto.
Lo simple no es tonto, y discurro que la palabra suena con su significado de manual demoníaco, con que se estigmatiza a los que no levantan la voz y colorean el alma para no extraviar el sentido de la vida.
Siento que no todos huyen de su espíritu amplio, generoso y sin preámbulos falsos, y que tales ideas no transigen y es difícil derrotarlas.
Son demasiados retos para los seres austeros y carentes de malas artes, que  recomponen el vuelo sin caer, aún con sus alas heridas.
Un día, su sangre al fin será calificada buena o justa y tendrá titulares interesados, donde escribirán los negadores históricos que no serán leídos.
El amor de lo verdadero inundará los barrios altos y bajos cual si fuera música, verde mar, río marrón, acero, fábrica y obrero, patrón honesto, árbol, trigo, campesino, paloma, jilguero  y gorrión.
Las mejores letras ratificarán que un digno propósito hace y hará camino, que  sobrepasa fronteras en las cabezas libres, que el silencio no es pesaroso cuando acompaña al pecho franco y sin traiciones, que estalla y canta.
                                                            
                                                                                 Texto y gráfica de José López Romero


viernes, 21 de junio de 2013

somos hojas

Sobre la mesa, la caja de los hilos era apenas una hoja arrojada entre otras de distintas ramas. No diferíamos de esta presunción el televisor con una película de triste corte, las líneas intermitentes que mi mano y un bolígrafo dibujaban, ni la compañía del pequeño can cruza perro que dormitaba en el canasto de mimbre debajo del mueble marrón con más hojas pésimamente  apiladas.
El atardecer se iba metiendo en la casa y poco después sería noche cerrada. Es obvio decirlo pero me sirve para viajar con exagerada libertad por mi pésimo delirio, hasta la nube y  oscuridad de un paisaje lejano al tiempo de hoy que cuento. 
Terminada la función salíamos del cine de la isla los grumetes asignados tal día para ver una película de la cual no conservo nombre ni acciones. Otra hoja arrastrada por el viento del olvido, me digo, y nada hubiera pintado de especial esta anécdota, y que no lo es más allá de mi persona, si la urgencia por orinar del contingente casi completo no nos hubiese topado de frente con los faros del jeep del jefe militar y sus hijas a bordo.
Siempre tenemos hojas desparramadas sin control, no es casualidad que suceda, la vida es un mundo de árboles cargados de ellas, y es muy bello saberlo mal que nos pese.
Me quito las gafas para no ver con claridad humana estas palabras, ni los rincones de mis pensamientos que siguen guardados. 
Nadie es justo consigo mismo ni tiene la decencia absoluta del alba, pensé en un revuelo sin señales mientras ubicaba el teléfono en su sito de esperar llamadas, el mueble de las mil hojas, aplastado en su noble existencia de antiguo morador de bosques arrasados.
La pelota celeste rodó movida por mi patada leve y sucesivos rebotes la llevaron detrás de la mesa para quedar sumisa y en silencio, algo común a los esféricos populares y mansos. 
Un domingo agonizante acomodándose para lunes me mostraba la pegajosa tranquilidad conque revestimos los fines de semana o esos días que consideramos especiales. 
Miles de hojas son también mis queridas fotografías de papel, con las voces selladas en sus imágenes que quiero preservar hasta la última palabra, ellas hablan como lo hacen las hojas. 
No sé cuando será el epílogo de mis energías, ni espero tal oportunidad, pero sin dudas asumo que indefectiblemente el jardinero juntará cuando corresponda lo que deba y que no tenga ya un sitio adecuado en los espacios vitales. 
El vendrá para dejar explícito el tiempo de cada cosa, de todo espíritu, sin misterios personales para engordar orgullos ni morrales. Tenemos vibraciones para sentirnos diferentes    a otras vidas pero poco vale magnificar glorias efímeras, cuando al final de cuentas no somos más que esas hojas que se asoman al barranco de una ocre pasión para caer unas tras otras.
                                                                 
                                                                              Gráfica y texto de José López Romero


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