sábado 23 de mayo de 2009

aire que no lastima

El bosque apareció delante de mis colores y ya no fueron ausentes dándome un poco de luz. El puente para cruzar a través de mi corazón estaba allí abierto y despojado como un mendigo que mira la calle, colgado del cielo y sus manos sin pedir nada. No me fue revelado y sentí que las palabras eran las de toda la vida, que los pasos no tenían huellas y el viento amontonaba días como si fueran hojas. Sean Lennon cantaba Julia, y la mirada de John se posó en el diapasón de su alma y la mía. Acepté un arco iris nacido luego de ninguna lluvia para oír el llamado de una nave mágica recogiendo pétalos y alas de ideas que vagan como palomas y rosas perdidas. Los mensajes que hice míos decían que el campo dejaría de estar herido para transformarse en verde y espiga. Creí ver a mi gente abrazando la última pasión dormida que los habita, recibiendo el aire abierto que no lastima, girando sobre ruedas limpias por los caminos que hablan el idioma de los molinos desbordando lagunas, de plumas libres y ramas que se estiran en naturales caricias. Tal vez soñaba al hundir mis dedos en rojos, ocres y púrpuras, cuando pinté el rostro de un desconocido que jamás encontraría y las estrellas del cuento de Pablo que leí hace tiempo. (José López Romero)

miércoles 15 de abril de 2009

de atrás pa' delante













Las notas no habitaban en mi cabeza, y si creía que ellas habían nacido conmigo estaba equivocado. La música se recoge de los caminos, en el movimiento de los árboles, en cada acción que ejecutamos los animales de la vida, entre ellos mis hermanos pájaros. Un tacho de basura resuena en la noche, los ruidos marchan a nuestro lado y van construyendo segundos, días y siglos de amores, hambres y odios en una amplitud fotográfica que nos supera. La realidad es un gigantesco pentagrama donde en sus líneas y espacios danzamos disfrazados de redondas, corcheas, fusas, negras y silencios de tal o cual. Somos partícipes de la obra inconclusa de un genio demasiado loco que ideó una marea de tresillos para enloquecer alegremente al mundo. Homenajeó a sus palillos coludos pintándolos de oscuro negro como si fueran huellas del vuelo místico de una mosca con sus bemoles incluidos. Imagínala haciendo de su culo un pito interactuando como otras especies, yendo de la miel a la mierda con el mismo gusto, tristeza o desparpajo que cualquier mortal. Para ella jamás será un pecado, porque tal mandamiento no existe en su código de insecto díptero. Su trompa asquerosa aprovecha los excrementos sin discriminar, será matada por millones pero su naturaleza caminará sobre mis restos, los tuyos y los de aquellos, indefectiblemente. Pequeña, graciosa y despreciable, nada escapa a sus intereses. Si fuera hombre acariciaría de igual modo el oro, el rostro de un bebe, las heridas abiertas, una boca sensual y las voces muertas hasta convertirlas si puede, en un manojo de miserias.
Una partitura podrá ser estrujada y arrojada al fuego pero siempre habrá quien escriba esos garabatos ensoñadores o repudiables que tarde o temprano inundarán senderos mentales como las moscas lo harán en sus lugares muy bien pensados. (José López Romero)

domingo 22 de marzo de 2009

como vos lo pienses

La fecha está marcada y solo es un texto con la importancia que cada uno quiera. El calendario dice que el verano debe palidecer mi piel o la tuya, que las hojas se suicidarán dejándose caer desde sus balcones altos. Que ellas crujirán debajo de los pies al caminar como si fueran música para un collar de letras. Pero nada pasa y como tantas cosas en esta tierra el ciclo del sol tenue parece trastocado y es una película con su productor ausente. Por eso canto al verde que aún despierta a simple vista como el sonido en mis oídos de ruedas que viajan por senderos descubiertos una y otra vez por las bendecidas ganas. A mi alma que vuela con los pájaros que salen de la ciudad a buscar alimento por los campos todavía sanos de trigo, alfalfa y girasoles. A los árboles que resisten erguidos y retoños respetados apenas por tradición, para que su vigilia apuntale la razón de los caminos. El ocre abrigo del otoño anda de la mano con un verano sin apuro, contradiciendo la exactitud de los que leen la vida por tramos estrictos, sin dejar espacio a la espontáneo. Los que planifican el tiempo de la pileta rebosante y su agonía de lecho seco, porque el reflejo colectivo de un guión sin marginalidad les ha quitado el libre albedrío. Me lo dice el verano de las palomas haciendo el amor sobre los techos del barrio, desprejuiciadas con sus alas en actitud de dioses sin paredes, sin condones ni luces apagadas, como salidos de la paleta de un pintor ocasional, para un concierto de colores libres en un teatro repleto de obreros urbanos sin trabajo gestando su resurrección. José López Romero.

jueves 26 de febrero de 2009

próximo corazón

Pasé la mano por su madera descuidada, siempre cerca, reinando sobre una caja de fotografías. Con ella tengo una intimidad muy cerrada, como si fuéramos amantes, y entiendo lícito creerlo, por la proximidad que nos relaciona y las confidencias que nos unen con firmeza. Ambos trajimos al mundo canciones que nadie conoce, o unos pocos, da igual, porque soy un tipo que hace cosas para sí mismo aunque tímidamente las libere para que alguien las conozca fugazmente. Me pasa con las letras de plano raso que llegan oportunas cuando mi revolución interna pide un puesto en la lucha de esta realidad que vamos diseñando sin pausa y sin lástima siquiera por nosotros. Se que ella entiende al escucharme decir que una pena es la misma en todas las razas, en un pobre y un rico, en el miserable y en el avaro, en una puta y en esa niña que aún no ha sido tocada. Y sonríe cuando mi emoción brota melancolías al mirar los nidos de la lluvia, o los sueños que entran sin permiso a dejar mensajes nuevos. Acaricio sus cuerdas cuando convencido he llorado por un anónimo gladiador muerto para regocijo de los jerarcas y de la estupidez que nos hermana, no importa el tiempo. Mi alegría de vivir está a resguardo, pero no me impide pensar, y dejo señales en el rostro de las paredes urbanas por la indiferencia y las semillas del odio comunes a toda época. Me muestro en un espejo que no devuelve sentimientos, como una tarjeta y un teléfono no significan nada para un desesperado que camina a mi lado. El silencio no mantiene alianzas con la paz, las palabras desaparecen al nacer si nadie enseña como decirlas. Elevo la mirada entre las hojas recién perfumadas por lágrimas de nube, merodeo sus flores rojas y deshecho esa portada sensacionalista que pretende dirigirme a la pesadilla de todos los días. Quisiera borrar las pinceladas atroces de mi autoría, ya no de los demás, y descubrir en otros lo bueno que no he hallado dentro mío, todavía es tiempo, lo será hasta que entienda de qué se trata. (José López Romero)

miércoles 11 de febrero de 2009

gracias


Debo dar gracias por todos los días,
debo sentir la vida aún sin quererlo.
A quien mis preguntas fallidas,
a quien mis dolores, mi encono, mi ira.
Debo dar gracias por este sello
que como una herida me ha sido impuesto a lo largo de todos mis días.
Si el mundo supiera que en cada paso pierdo pedazos, que sangro y me arrastro,
que no encuentro el manto para mis carnes frías,
ni el bálsamo para tantas heridas.
Debo dar gracias por haber sido elegida,
pero TÚ que todo lo sabes, porqué no has mirado mi alma tan niña y mi cuerpo tan débil para soportar el sello, ese que me has dado junto con la vida.

El texto pertenece a una amiga de mi pueblo, Isabella Ros, a quien no conozco y quien me ha confiado su pensamiento escrito para que fuera publicado. A ella muchas gracias. (JLR)

domingo 8 de febrero de 2009

aire gratis, ventanas y ganas

Roberto puso en marcha su auto a las 6.30. Retrocedió como todos los días y el gato negro debajo del vehículo observó su partida con expresión de gato. Nada hubiera tenido un significado especial si no hubiera sido por el color del felino, supersticiosamente negro. Puse en práctica mi desayuno de agua caliente y yerba amarga para vagar sin rumbo por la planicie de mi mente recién rescatada del sueño. No conseguía alejar de mi registro la oscura pelambre del gato con lo que pensé estaría atrayendo alguna carga negativa. Me encogí de hombros diciéndome con el gesto, “qué más da”, pero no lo creí del todo. Agregué café a la infusión para agradar aún más mi paladar pensando que ello sería la ingestión más fuerte de la jornada. Cerré este episodio que quise escribir porque todas las ventanas están abiertas y el aire de lo que se me da la gana sigue siendo gratis. El ínfimo gasto del bolígrafo y el espacio oferente de un cuaderno siempre listo, como el estrecho margen de mi mente, dieron esto. Desde la portada de una revista me sonreía un basquetbolista y una muchacha de rostro felino de los que necesitan los editores para elaborar una página atractiva. A mi lado la calculadora ociosa sigue imperturbable mezclada con mis gafas de ver el mundo, su estuche y dos gorras de cotillón. En un espacio de diez o quince centímetros discurren silenciosamente un diccionario obeso, cinco cuadernos, una entrada de fútbol usada, una boleta de banco enfrentada a una tableta de cápsulas de magnesio. Mi celular y el radio, casi parientes, seguían dormidos. Con su frío cortante la tijera mira con ojos invisibles al servilletero y tres cajas de amoxilina, la tapa de la yerba al revés y el café en una lata de galletas “A la fleur de sel” que trajo la francesita Anne en una de sus visitas. El control remoto me parece un dictador en decadencia, insignificante y mucho menos importante que el vaso verde del agua en el "dispenser" con servicio permanente. Un mundo sobre la mesa, una multitud de razas vestidos de objetos, diversos y políglotas como un mercado persa que jamás he visto. Una mesa es un pañuelo que ejemplifica el universo con sus distintos circos del “tú tienes lo que yo no amontono” y viceversa, pinta nuestra vida como si fuéramos rockefeller’s de una villa clandestina. La iguana que trajo Sebastián desde Mallorca me guiña desde sus cuencas vacías, colgado en la pared que esta semana posará nuevamente desnuda sin la mano de pintura que le adeudo. El libro de “Merci” refuerza su paciencia con un señalador inmóvil desde que comencé la segunda lectura. El teléfono fijo, una bolsa de fotografías, la máquina de coser de mi madre que nadie usa, el grabador a cinta que guardo como auxilio cuando la tecnología digital me deja huérfano.
Al costado de la pantalla de los múltiples canales, prima lejana de aquel telón mudo donde conocí a Charles Chaplin y Cantinflas, esperan atención una foto blanco y negro, la lupa de Eduardo que no agranda las cosas y una pila de diarios que se viene abajo. En el margen de una página cualquiera de mi agenda dice María Agustina y es el nombre de una entrevista que ya es pasado hace una semana. Mi futuro inmediato pasa por los tragos calientes para amigarme con la frescura matinal de la estación de las flores, como dijo Elisa, bendita y majestuosa primavera de América del Sur. (José López Romero)

miércoles 14 de enero de 2009

malditas fronteras



Sin avisos a nadie fue cambiando las cosas comunes de su vida. Dejó el auto que había dejado de actualizar en una calle cualquiera. Sacó los muebles que lo ahogaban en su casa a la vereda y puso un cartel sobre ellos que decía “haz lo que quieras”. Lo mismo ocurrió con las prendas innecesarias, los aparatos de cada necesidad promocionada que fueron a parar al carro de un cartonero maravillado por tal desprendimiento. Este hombre recolector de miserias con gesto de asombro dijo a su niño, “ni siquiera estamos en diciembre”, y luego azuzó al cansado caballo jornalero, hambriento y perturbado por el enjambre de un tránsito enloquecido y contaminante.
“Marchamos apurados a ninguna parte con más urgencia que nuestro planeta que tarda un día en girar sobre sí con nuestras tempestades a cuestas”.
Una sobredosis de urbanidad lo encorsetaba y para el ya nada estaba bien. Un impulso genuino y sin trampas intelectuales había explotado en su mente. “Hay que empezar un día” se dijo y fue mucho más que un interrogante o un prejuicio remanente a su planteo personal. Después buscó su espacio de fecundar palabras, donde les daba vuelo porque eran hijas del viento, donde recibía el calor de sus recuerdos sintiéndose perfecto. Exudaba paz y con ella adornó el entorno dentro de su propio silencio para ese largo y deseado camino al olvido de tanta tristeza recogida. Con el corazón aferrado al pasado no regresaría jamás de su viaje, nada le quedaba por vivir fuera de aquellos queridos paisajes humanos que recorrió con sus ojos cargados de amor en sus fotografías atesoradas. Cuando el reloj dio la hora esperada respiró profundamente abriendo un libro de páginas transparentes cual si fuera la Babel del mundo y en voz alta leyó solo para sí el final que en realidad ya conocía. Recitó salmos desconocidos a su memoria y canturreó balbuceante melodías antiguas hasta cerrar sus párpados al crepúsculo que ya no le causó heridas.
Al despuntar el nuevo día su figura permanecía inmóvil en el sitio, tenía la mirada en signo de adiós hacia el horizonte de techos oxidados del vecindario. Ya no habría fronteras para el si alguna vez las tuvo, le dolían los muros que fueron levantados a lo largo del mundo y de persona en persona. Su vida fue la ofrenda para una promesa impostergable cumplida al filo de un amanecer cualquiera. (José López Romero)