Los ángeles muertos y los viejos cuerdos son hilos de viento y azules de cielo. La magia que veo, el sol que yo quiero, los besos sin precio, mi alma y documento.

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miércoles, 19 de julio de 2017

letanía urbana de invierno


Siempre dejé brillar la parte que me tocó de la vida y un poco mas.
Aún no he terminado el trabajo y suena el teléfono, todos tenemos cables sueltos.
Las precarias notas de mi guitarra no contaminan,
no quiero probar nada y solo divago, ¿es legal?
Los discursos son un atajo, a veces no los escucho, mantengo cerrado el cesto de la basura.
Las montañas están llenas de aves potenciales suicidas al borde del encanto de un sueño sin semillas. 
A lo lejos mi corazón respira y canta
los campos siguen alimentando tonos verdes.

viernes, 23 de diciembre de 2016

con el corazón y la decencia


En este tramo del año que la humanidad a través de los años ha establecido en su forma tan especial, quise dejar un saludo a los no pocos blogueros que persisten en esta modalidad que nos ha convocado y no queremos dejar en la "estacada", utilizo un dicho argento para graficar el "no abandono" de esta historia. Digo que el beso de la vida siempre es urgente o imprescindible, como el de una abuela a sus nietos, por eso la imagen, por eso este pensamiento atropellado, escrito sin respirar, con el apuro de la hora pero en la sinceridad con que apuesto a este camino de una existencia dura y a la vez generosa. Que podamos ser felices en el mar de la desventura de tantos hermanos, para quienes seguramente ofrecemos nuestro corazón y  decencia. En lo personal es lo que tengo para dar.   //   José López Romero

martes, 11 de octubre de 2016

lo creo


La rosa se sacudió en remolinos y el agua eran bucles de oro verde. El sol olía fuerte mientras dirimía con pocas luces un libro claro y disidente cuando el colibrí emergió de una metáfora vibrando su curiosidad multicolor sobre el sombrero de mi  gaucho de cemento. Sobrevoló por instantes frenéticos el lugar abonando con sinfonías la lentitud de la mañana que decía cosas como siempre y su visión no me permitía regresar a las líneas uniformes de la lectura. Luego fueron bendecidas otras plantas por las rebeldes alas del pajarillo y enamoradas o tímidas liberaron su perfume.
Intenté sin fortuna mediante mi impericia fotográfica capturar  la magia del pequeño e inmenso ser que imaginé saltando entre continentes sanos y salvos sin peajes ni fronteras.        
                               Texto y gráfica de José López Romero

lunes, 22 de abril de 2013

dulce y extraña sinfonía

Todo queda prendido en el alma, me gusta pensarlo así, ¿o acaso queda mal, o no es lícito,  conmemorar en gusto y ganas las vertientes extremas del corazón?
Mi expresión literaria es esquiva, apenas un esbozo plagado de lugares comunes, 
y antepongo a esta razón contradictoria, el humo de una dulce y extraña sinfonía de recuerdos.
No llevo nada más que este boleto y siento que apenas sirve para una humilde estación.
No sé qué me pasa, y de puro sentimental, como dijera alguna vez de mi, Carlos el escritor. 
culpo de tanta nostalgia y no pocos grises, a unos tragos de vino y su velo de amor. 
Escucho el viaje de Vitale inventando notas de marfil y me duele Alfonsina en su túnica de versos, sus pasos hacia el  mar donde naufragó el tesoro de su pasión sin respuesta ni rédito.  
Hay ideas que no limitan con la ironía de un barco sin travesía ni norte en la rosa de los vientos, la amplitud del silencio es capaz de mucho más que no puedo precisar.
Una sombra baja desde la pared ganando espacio, comiéndose el patio sumiso, 
la emparrada motiva su romance de verde y óxido de hierro, 
el piso resquebrajado juega rayuela con los ladrillos del tapial, gastados y casi desnudos, presos de más de cien años que se fueron volando a ninguna parte.
La vieja pensión, la peluquería de Cedrón al frente, mi tío de la primera guitarra en una pieza de soltero al fondo, nada puede quitarme aquellos tesoros que guardo para no sentir la porquería que nos invade, que anda suelta por ahí, impune, envenenando prójimos.
Un león escribiéndole a otro, alguien canta
y suscribo por si vale,  el lúcido mensaje de Novarro jamás impugnado. 
Mezclo a Jesús con mis pensamientos rebeldes, 
y me veo perdido en los montes del Delta jugando a la guerra, 
aprendiendo a cazar guerrilleros con métodos inútiles de Vietnan, matándolos de mentira.
Después del pantano, los pies enfermos  y dormir en la playa juntando estrellas y lágrimas, 
las consignas de odio que mi adolescencia creyó parte de una película, desaparecieron.  
Allí decidí otro vuelo, y fue acomodar el cielo para salir desde Retiro, donde había pisado "la capital" inaugurando mi primera vez, cinco años antes.  
Buenos Aires ya no era la cancha de Boca o el Monumental, tampoco quería andar por San Telmo, las recovas de Alem, por El Once o Villa Ballester, corría 1969.
A las 22 de un día cualquiera, con un bolso escuálido y dos mangos en el bolsillo, ubiqué mi asiento en un vagón proletario clase única del Belgrano.  
Desperté con el sol siguiente sonriendo a mi Santa Fe, y dos horas o tres más tarde, la emoción me traicionó al doblar en la esquina de mi calle French. 
Estaba de nuevo en mi barrio, caminando por el sendero aún de tierra y gramilla de mi infancia,  vi a unos vecinos  y en sus sonrisas sentí que renacía, llegando a la casa de mis viejos.      
                                                             Texto y fotografía de José López Romero

lunes, 3 de septiembre de 2012

el relámpago y mi ventana


Las páginas jugaron su partida de misterio y dudas. Me ha sucedido cada vez en la misma situación, y nada estaba hoy declarado a mi favor y tampoco esperaba el regalo de un duende benefactor que me descerrajara una idea, como si fuese un tiro al corazón. 
Cada cosa respetaba su sitio, también los gerundios y mis defectos ocultos, pese a todo la ocasión ofrecía su piel, su boleto y su beso furtivo.
Supe que la música brotaría desde algún rincón, esa sensación suele invadirme, lo haría con la suavidad o el vigor de mi bolígrafo en sus horas agraciadas y de luz, como se escurre el agua entre las plantas de un jardín desamparado de lluvia. 
Un final de invierno impredecible y  caprichoso declaró compatible mi escritura cuando la tormenta irrumpió por la ventana con un relámpago que me intimidó sacudiéndome hasta la médula. Esta noche no es la mejor, me dije, porque nada asomaba a mi mente cuando ya llevaba tiempo persiguiendo cualquier cosa semejante a una historia. Ellas no son mercancías de supermercado, jamás fueron oferta en góndola alguna, sino un viaje desconocido por las venas más borrascosas que supimos conseguir.  
Camino el sendero solitario que no se adonde me lleva, aunque sienta pesado el equipaje de la vida que me asiste. Han sido muchos los días,  traducidos en años, en ansias, en sueños o deudas espirituales. La sabiduría es patrimonio ajeno, un tesoro que no pasa por mi lado,  pero se que el puente que voy cruzando todavía se sostiene a sí mismo, yo he apuntalado sus maderas.                                                               (Texto e imagen de José López Romero) 

lunes, 14 de junio de 2010

campanas de cristal

Mis trazos no son semillas de germinar, y pienso que nunca estarán en el vientre convexo de tiempo alguno, ni en una cuna de solaz.
Ayer les pinté una mariposa en el pecho y ya no pude tenerlas conmigo, mis alas le mostraron el espacio.
Las prisiones no tienen su disfraz de rejas, ni pasos de carceleros o sonido de cerrojos.
Todo es obra del perfume recordado, de las señales imborrables y el canto tenue de un remanso donde abrevan las almas claras.
El piano dejó de sonar mientras el pincel se hundía sin piedad en una nube de óleo. La pitonisa echó las cartas sobre la mesa y sintió la seducción de sus cabellos larguísimos, hebras de seda cayendo sobre sus hombros.
Era un toque púrpura, un viaje de cruces y lienzos blancos. Una oración del viento desnudando la altivez estúpida del orgullo. Dije que los niños no tienen nacionalidad y son corazones del aire nuevo, no son medallas condecorativas ni mártires de nuestras frustraciones.
Mi tacto vaga sobre las letras como si fueran campanas de cristal, barro helado o el equipaje de una legión de chicos bostezando en un cine mudo.
Por mi ciudad ya no pasa el tren y hoy quisiera revivir a Juan, el que un día se fue y amontonó sus canciones del lado opuesto de sus millones terrenales.
Las sombras que quisieron cubrirlo siguen en este mundo o como quieran llamarlo.
Los cristales de sus gafas están enteros y suele ir de copas con el sargento pimienta al club de los corazones solitarios. (JLR)

martes, 30 de marzo de 2010

mi guitarra suena a regreso

Él iba de su cruz a la playa con el mismo impulso y desenfado con que se acomodaba en la cama de dormir y hacer el amor, o en la repetida mesa de comer.

Sus manos discurrían en el reposo del pincel y el tono apacible de sus ojos en la tela, tal cual con la pluma de descubrir horizontes, sonrisas o lápidas frías en el cielo de todos, incluyéndose.
Una palabra cayó por la comisura de sus labios cuando acompañaba el estertor de una tarde inclinada en pasión de agonía.
El viento siguió empujándolo con la hipócrita anarquía de su rebelión, como a un creyente harto de la esperanza, como al cobarde y sumiso siempre obediente para una traición.
Nadie cuenta su verdad o muy pocos lo hacen, y nos acostumbramos a rodear de hojarasca el punto de una cuestión, la disfrazamos de superficialidades pomposas que envanecen nuestra actitud de grandes inventores.
Por pudor o estupidez nunca quise "domesticar" mis riberas. Dejé que ellas acunaran el agua, los peces, mi rostro en círculos y las ramas sedientas de los árboles que se inclinan en los crepúsculos, a mojar sus finos cabellos verdes. Mis cuerdas traen melodías de ayer.
Vamos por el abismo de una descolorida historia, que pese a todo, escribe con su mano hábil lo mejor que reflejamos desde el alma.
La opuesta mientras tanto, delata las peores señales de tantos días grises, los versos sin transparencia que alimentan el oscuro camino de una angosta cornisa que nos atrae. (JLR)

sábado, 23 de mayo de 2009

aire que no lastima

El bosque apareció delante de mis colores y ya no fueron ausentes dándome un poco de luz. El puente para cruzar a través de mi corazón estaba allí abierto y despojado como un mendigo que mira la calle, colgado del cielo y sus manos sin pedir nada. No me fue revelado y sentí que las palabras eran las de toda la vida, que los pasos no tenían huellas y el viento amontonaba días como si fueran hojas. Sean Lennon cantaba Julia, y la mirada de John se posó en el diapasón de su alma y la mía. Acepté un arco iris nacido luego de ninguna lluvia para oír el llamado de una nave mágica recogiendo pétalos y alas de ideas que vagan como palomas y rosas perdidas. Los mensajes que hice míos decían que el campo dejaría de estar herido para transformarse en verde y espiga. Creí ver a mi gente abrazando la última pasión dormida que los habita, recibiendo el aire abierto que no lastima, girando sobre ruedas limpias por los caminos que hablan el idioma de los molinos desbordando lagunas, de plumas libres y ramas que se estiran en naturales caricias. Tal vez soñaba al hundir mis dedos en rojos, ocres y púrpuras, cuando pinté el rostro de un desconocido que jamás encontraría y las estrellas del cuento de Pablo que leí hace tiempo. (José López Romero)

domingo, 22 de marzo de 2009

como vos lo pienses

La fecha está marcada y solo es un texto con la importancia que cada uno quiera. El calendario dice que el verano debe palidecer mi piel o la tuya, que las hojas se suicidarán dejándose caer desde sus balcones altos. Que ellas crujirán debajo de los pies al caminar como si fueran música para un collar de letras. Pero nada pasa y como tantas cosas en esta tierra el ciclo del sol tenue parece trastocado y es una película con su productor ausente. Por eso canto al verde que aún despierta a simple vista como el sonido en mis oídos de ruedas que viajan por senderos descubiertos una y otra vez por las bendecidas ganas. A mi alma que vuela con los pájaros que salen de la ciudad a buscar alimento por los campos todavía sanos de trigo, alfalfa y girasoles. A los árboles que resisten erguidos y retoños respetados apenas por tradición, para que su vigilia apuntale la razón de los caminos. El ocre abrigo del otoño anda de la mano con un verano sin apuro, contradiciendo la exactitud de los que leen la vida por tramos estrictos, sin dejar espacio a la espontáneo. Los que planifican el tiempo de la pileta rebosante y su agonía de lecho seco, porque el reflejo colectivo de un guión sin marginalidad les ha quitado el libre albedrío. Me lo dice el verano de las palomas haciendo el amor sobre los techos del barrio, desprejuiciadas con sus alas en actitud de dioses sin paredes, sin condones ni luces apagadas, como salidos de la paleta de un pintor ocasional, para un concierto de colores libres en un teatro repleto de obreros urbanos sin trabajo gestando su resurrección. José López Romero.

jueves, 26 de febrero de 2009

próximo corazón

Pasé la mano por su madera descuidada, siempre cerca, reinando sobre una caja de fotografías. Con ella tengo una intimidad muy cerrada, como si fuéramos amantes, y entiendo lícito creerlo, por la proximidad que nos relaciona y las confidencias que nos unen con firmeza. Ambos trajimos al mundo canciones que nadie conoce, o unos pocos, da igual, porque soy un tipo que hace cosas para sí mismo aunque tímidamente las libere para que alguien las conozca fugazmente. Me pasa con las letras de plano raso que llegan oportunas cuando mi revolución interna pide un puesto en la lucha de esta realidad que vamos diseñando sin pausa y sin lástima siquiera por nosotros. Se que ella entiende al escucharme decir que una pena es la misma en todas las razas, en un pobre y un rico, en el miserable y en el avaro, en una puta y en esa niña que aún no ha sido tocada. Y sonríe cuando mi emoción brota melancolías al mirar los nidos de la lluvia, o los sueños que entran sin permiso a dejar mensajes nuevos. Acaricio sus cuerdas cuando convencido he llorado por un anónimo gladiador muerto para regocijo de los jerarcas y de la estupidez que nos hermana, no importa el tiempo. Mi alegría de vivir está a resguardo, pero no me impide pensar, y dejo señales en el rostro de las paredes urbanas por la indiferencia y las semillas del odio comunes a toda época. Me muestro en un espejo que no devuelve sentimientos, como una tarjeta y un teléfono no significan nada para un desesperado que camina a mi lado. El silencio no mantiene alianzas con la paz, las palabras desaparecen al nacer si nadie enseña como decirlas. Elevo la mirada entre las hojas recién perfumadas por lágrimas de nube, merodeo sus flores rojas y deshecho esa portada sensacionalista que pretende dirigirme a la pesadilla de todos los días. Quisiera borrar las pinceladas atroces de mi autoría, ya no de los demás, y descubrir en otros lo bueno que no he hallado dentro mío, todavía es tiempo, lo será hasta que entienda de qué se trata. (José López Romero)

domingo, 8 de febrero de 2009

aire gratis, ventanas y ganas

Roberto puso en marcha su auto a las 6.30. Retrocedió como todos los días y el gato negro debajo del vehículo observó su partida con expresión de gato. Nada hubiera tenido un significado especial si no hubiera sido por el color del felino, supersticiosamente negro. Puse en práctica mi desayuno de agua caliente y yerba amarga para vagar sin rumbo por la planicie de mi mente recién rescatada del sueño. No conseguía alejar de mi registro la oscura pelambre del gato con lo que pensé estaría atrayendo alguna carga negativa. Me encogí de hombros diciéndome con el gesto, “qué más da”, pero no lo creí del todo. Agregué café a la infusión para agradar aún más mi paladar pensando que ello sería la ingestión más fuerte de la jornada. Cerré este episodio que quise escribir porque todas las ventanas están abiertas y el aire de lo que se me da la gana sigue siendo gratis. El ínfimo gasto del bolígrafo y el espacio oferente de un cuaderno siempre listo, como el estrecho margen de mi mente, dieron esto. Desde la portada de una revista me sonreía un basquetbolista y una muchacha de rostro felino de los que necesitan los editores para elaborar una página atractiva. A mi lado la calculadora ociosa sigue imperturbable mezclada con mis gafas de ver el mundo, su estuche y dos gorras de cotillón. En un espacio de diez o quince centímetros discurren silenciosamente un diccionario obeso, cinco cuadernos, una entrada de fútbol usada, una boleta de banco enfrentada a una tableta de cápsulas de magnesio. Mi celular y el radio, casi parientes, seguían dormidos. Con su frío cortante la tijera mira con ojos invisibles al servilletero y tres cajas de amoxilina, la tapa de la yerba al revés y el café en una lata de galletas “A la fleur de sel” que trajo la francesita Anne en una de sus visitas. El control remoto me parece un dictador en decadencia, insignificante y mucho menos importante que el vaso verde del agua en el "dispenser" con servicio permanente. Un mundo sobre la mesa, una multitud de razas vestidos de objetos, diversos y políglotas como un mercado persa que jamás he visto. Una mesa es un pañuelo que ejemplifica el universo con sus distintos circos del “tú tienes lo que yo no amontono” y viceversa, pinta nuestra vida como si fuéramos rockefeller’s de una villa clandestina. La iguana que trajo Sebastián desde Mallorca me guiña desde sus cuencas vacías, colgado en la pared que esta semana posará nuevamente desnuda sin la mano de pintura que le adeudo. El libro de “Merci” refuerza su paciencia con un señalador inmóvil desde que comencé la segunda lectura. El teléfono fijo, una bolsa de fotografías, la máquina de coser de mi madre que nadie usa, el grabador a cinta que guardo como auxilio cuando la tecnología digital me deja huérfano.
Al costado de la pantalla de los múltiples canales, prima lejana de aquel telón mudo donde conocí a Charles Chaplin y Cantinflas, esperan atención una foto blanco y negro, la lupa de Eduardo que no agranda las cosas y una pila de diarios que se viene abajo. En el margen de una página cualquiera de mi agenda dice María Agustina y es el nombre de una entrevista que ya es pasado hace una semana. Mi futuro inmediato pasa por los tragos calientes para amigarme con la frescura matinal de la estación de las flores, como dijo Elisa, bendita y majestuosa primavera de América del Sur. (José López Romero)

jueves, 6 de noviembre de 2008

semilla de eternidad





















Deliberadamente deslicé el contenido de una creencia reprimida como si fuera una experiencia adeudada. En grises y sepias dejé que el pensamiento haga lo suyo desprendido de mí. Las palabras de un antiguo filósofo de mi tierra con su prestigio salvado de lo bueno y lo malo, me dejaron inserto en una nube. Lo escuché hablar de dignidad y compartir, del sueño de un asesinado por aquellos que no fueron ni serán capaces de soñar. Él me dijo que todavía hay muchos por matar, para acabar con la esperanza de un pueblo, de un país, de un mundo distinto. Me fui mezclando con sus dichos y vislumbré un cielo estanco, sin agujeros, contenidos los últimos, los del medio y los primeros, los rengos y quienes nunca tuvieron una pata floja. “Quisiera verlo, pero sé que no tengo la semilla de la eternidad”, dijo, y esta frase me atravesó, decía de su vejez y un deseo a corto plazo por una sociedad sin tantos ciegos. Era un pedido de sinceramiento hacia todos aún a costas de intereses personales conseguidos. Fue convincente a mi interior descontaminado y no olvidé que giramos hacia otro lado. Aún así creí estar bajo un cielo con porteros santos y humanos, no meros pedidores de pasaportes falsos. La ronca voz del negro Louis cantaba de un maravilloso planeta pero solo era un mensaje que sonaba en mi mente y en el mercado de saldos. Tenemos la máquina de la vida, me contesté, y afuera la misma corteza seguía discriminando en la mesa de negocios entre ricos, menos pobres y miserables.
El mismo Armstrong de mi ilusión infantil de trompetista seguía siendo negro, aunque famoso, genial y eternamente muerto. (José López Romero)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Mensaje de burbujas

Posaron una flor en sus labios y sintieron en su lengua el suave sabor de los pétalos. Caminaron muy juntas, sin apremios, para que sus pasos no hirieran las hojas dormidas en el suelo del parque. Son cuentos de árboles, dijeron para sonreír levemente, los inventan para que los solitarios que pasen los hagan suyos al azar, no son para nosotros.
Gruesas rejas guardaban la casa para nadie, que imponente mostraba su antigua vitalidad intacta, aunque se podían percibir un millón de ausencias.
Los líquenes que apretaban los muros entretuvieron sus miradas, y por jugar una vez más, se propusieron en vano adivinar el color que yacía detrás de la verde máscara. Allí todo se transformaba por la policromía y la imaginación en un papel de silencio. Abandonaron su curiosidad y siguieron.
Pese a lo bello, el sitio de rincones misteriosos rezumaba un retablo de historias trágicas. Pensaron que la casualidad daría significado a su encuentro, pero no lo hallaron en el camino hasta la arena de la ribera velada de bruma. Las huellas apenas profundas deshicieron su escritura y la realidad comenzó a morir en sus consciencias, como las ramas del sol desde sus tallos.
Siguieron andando sin prisa con sus dedos entrelazados, los pies desnudos, cabellos largos, reteniendo sus palabras que habían dicho todo. Dejaron que la sal del viento las perfumara suavemente y sus ojos fueran testigos de una fidelidad eterna. El mar escribió un mensaje de burbujas en su espejo, las gaviotas sobrevolaron por una recompensa que no hallaron. Confusas y temerosas entrechocaron sus alas y emigraron a otros cielos, como las muchachas con sus almas fundidas en una, se convirtieron en algas y estrellas profundas. (José López Romero)

jueves, 21 de agosto de 2008

ironía de eternidad

El libro merodea con sus páginas de alas.
De la mesa del comedor a la de luz, de donde sea para otro lado y así, muy presente, dejándose llevar pacientemente.
A veces me da por creer que sigue mis pasos y no me necesita para andar.
Conoce mis secretos. Mira de lejos en su soledad aparente, no tiene reproches y tampoco vacila en esperar al dueño de su silencio.
Sin resentimiento se guarda para cualquier instante y si tuviera voz, jamás la levantaría. Sabe que su momento no es casual sino de oportunidad, de palpitaciones fieles, solo eso, nada más.
Primeras letras de la mañana desayuno primordial del alma porque me da la gana. Ese libro no tiene incertidumbre de lunes ni de domingo gris. Está satisfecho aún cargando un millón de dudas, lo repito. Los sueños o la revolución de su interior son hechos consumados.
Mis huesos pisan recién el mundo desde el borde de la cama, tiempo en que busco su embrujo para sustentar la libre elección de mi rebeldía de dos con cincuenta. Después reposará con su ironía de eternidad, sosegado su torrente, su rebelión, sus intrigas condensadas, sus amores sin pasaporte, calmada mi corta sed. Juntos derribamos algunas fronteras, lo sé, pero hay miles sin acceso libre todavía.
Los hombres naufragamos y nuestras miserias son lastre al cuello que nos llevan a lo profundo. Lo dicho queda a mi cargo y sonrío por esta costura invisible. El hilo cortará por lo delgado y nadie pondrá a sus espaldas mis pésimas reflexiones humanistas.
(JLR)

Dedicado a mi pariente, Evaristo, cuentista de una sola obra por su repentino vuelo.

miércoles, 30 de julio de 2008

Sin faros ni duendes

Mi río no tiene sirenas,
ni dioses profundos que desaten tormentas o salven naufragios.
No existe un pueblo en sus orillas, ni al borde de ningún barranco.
Tiene moradores dispersos, de modos ásperos y boina en la cabeza, de brasero a leña y ollas negras, anzuelos sin ansiedad y canoas lentas.
No hay mallas tendidas al sol ni tejedores reparando sus hilos,
mi río no tiene olas rompiendo en su ribera,
solo peces magros escapando a la degradación antes de su muerte,
sus soles se recuestan al oeste.
Cualquiera sea el rumbo su cauce apenas va, solo a veces cantando, sin faros ni duendes,
con su procesión de árboles sin raíces, como arrastrando almas que han calmado sus penas.
Descienden con algo de verde encima,
mientras la niebla fina de alguna madrugada eleva un salmo,
para que no sea horroroso y gris, viajar hacia la última morada.
El sendero de Hugo ha desaparecido por la ausencia de sus alpargatas negras, sus huellas se confundieron entre yuyal y barro a la vera del puente viejo.
Alguien dijo ver su rancho arrimarse al río herido de soledad, y de allí, alzarse cual una plegaria al cielo, enredado en el humo espeso de su último fuego. (JLR)
Dedicado a los pescadores de mi pueblo que ya no están, Quico, Hugo, “Tripa”, "Moncholo" y pocos más.

domingo, 22 de junio de 2008

collage

Su figura danzaba a orillas del mar, mis cuentos yacían heridos sobre la arena. El día imantó pequeños soles a su piel morena y la ruta de mi espíritu aguantó la tempestad lamiendo el aire. Después llovió agua dulce y caricias de rosas, alrededor de su misterio escuché melodías de caramelo. Miré pasar el viento y los pétalos de un libro roto, sin haber inventado aún el regreso al tono de mis palabras. Fui solo pensamientos deambulando sin escape, amante esperando la hora predicha, alimento del embrujo ahogado en delirios. Pensé robarle su sombra para rendir culto al argumento que me conmovía. Pero el horizonte fue desapareciendo, niebla y sol trenzaron sus cabellos, rodearon sus hombros matizados en cielo, como yo quise ceñirla sin tocarle el cuerpo. Una flor brotó de mis ojos para atravesar el cristal de su figura, detrás quedaron huellas vacías de tiempo, transparencia de alas y polvo de magia. Ese instante fue la vida, el collage de aquella historia. Nadie contó el mensaje azul que el oscuro profundo guarda, como mi mente y esta fábula, quedaron muertas bajo blancas y tercas olas de espuma y sal. (JLR)


sábado, 26 de abril de 2008

los días de Verónica

Posted by PicasaLos días de Verónica

Yo sé que de mañana volverás
una semana de setiembre, y encontrarás,
aquellas cosas que dejaste por un tiempo
aquí en la tierra sin olvido.

La bici y los chiches de tu cuarto
las flores que nacían de tus manos, esa
calle que te extraña,
los libros, tus amigas y los lazos de la sangre.

serás como una brisa de verano
entrarás por la ventana con el brillo de tu pelo,
los árboles y el barrio serán luz
de tu sonrisa.

Yo sé que una mañana volverás
para escribir algún mensaje, que les dirá,
a los fantasmas que su cielo es el infierno
y su semilla es el espanto.

Que todos somos dueños de la vida
del aire y de los pájaros que cantan, de los
hijos y las plantas,
de las voces y caminos sin trampas condenables.

que el dios de los que ensucian el planeta
tiene cara de buen tipo, pero su alma es veneno,
no piensan como hermanos sueñan números,
y fríamente suman. (JLR)

lunes, 7 de abril de 2008

Janin

Sus labios rojos eran punto especial de su rostro, aunque los supiera solo ficción. Pero tenía quince años, el mundo me bailoteaba en el “balero” y con dos pesos en la mano quise saltar al abismo.
Después Janin se encariñó conmigo, presa tal vez de mi ingenuidad, mis modales distintos, y me propuso aquella fábula que más tarde enturbiaría mi vida al otro lado de un legítimo encantamiento. Nos pusimos de acuerdo en muchas cosas, porque de eso se trata, y me regaló un año que pareció eterno llenando todas mis fantasías.
También puse lo mío ya que no cabía en mi la mentira, y fuimos tan lejos hasta donde la nube comenzó a desvanecerse para convertirse en una espesa niebla, que no es lo mismo.
El cuento expuso su fatiga y terminó explotando cada uno de mis sueños como pompas de jabón. No supe si ella los tuvo también, o compartió mis ilusiones porque en su experiencia las suponía pasajeras, incompatibles al final consigo misma. Jamás lo sabría y una tarde con necesidad de aire libre tropecé con la mirada distinta de una piba como yo. Mi corazón leyó otro mensaje y dijo que iba al encuentro de otra historia, o que un nuevo eslabón del destino estaba viniendo hacia mí. (JLR)

jueves, 20 de marzo de 2008

La misma sed


Sinatra me despertó sin estridencia y dejó en el aire una sensación extraña. Me acordé de su paso por el país y a mi papi tanguero mirándolo por “tele” hace tantos años. Escuchando a “la voz” intenté garabatear algo, ni sabía qué. La propia ausencia me tiene vedado, aún no me suelta y sigo cubierto por el gris transido que cierra el grifo de las palabras y no te dice hasta cuando. De reojo miré mi guitarra y supuse que una canción podría abrir un sesgo de inspiración. Además lo mío no es de luminarias, apenas una incursión de cabotaje y poca cosa haría resucitar esta ingrata carencia. Estaba despertando todavía y evoqué Bahía Tristeza, una melodía de playas y soles que compusimos con el viejo Carlos. Me vi en la casa del Gordo donde jugábamos con James Brown o Stheppen Wolf, fueron tardes y noches de encuentros en magníficos vuelos de magia. Ahora, Sheryl Crow me emociona con su country pegajoso y no quería se apagara su show en la pantalla. Recorté mis pensamientos, copié y pegué frases olvidadas que daban vueltas por ahí. Los ojos claros de la cantante me miraban y el diapasón de su viola acústica aceptaba las caricias de sus acordes simples y sin artificios.
“Como si fuera un espejismo vuelvo todo atrás
no importa si es muy tonto o no vale de verdad
voy caminando solo y pensando donde fue
que ayer dejé de ver mis cosas con la misma sed”.
A veces creo que perseguimos imposibles, que hay un globo rojo en cada uno, un enigma por resolver y afuera la vida no baja del tren. Nos metemos en los agujeros más diversos y dibujamos futuros complicados que no suelen llegar con banderas amistosas, ni siquiera con madrugadas blandas.
“Un mes de abril a punto de escapar
Roberto vuelve del hospicio en unos días
Orlando espera un nuevo hijo que ya está
Y tú aguardando mis tardanzas todavía”
Los años se llevan un montón de nosotros y siempre nos ganarán. Aunque apilemos el mundo tras la puerta, ellos entrarán sin permiso donde sea y nos dirán aquí estamos, me debes algo.

Bueno, siento que la melancolía llegó y no se irá temprano. Este regreso no es lo feliz que hubiera deseado, el corazón manda no?, y esto es lo que tengo en mi patio cercado por las hojas (que no están muertas), ellas caen prematuras y sin remedio, en honor a un abril que ya golpea mi ventana, ¿te das cuenta?
“Soy una anécdota de cualquier lugar
Aquí perdido en los delirios más comunes
Bancando sueños que nos lleven más allá
De la torpeza que al final siempre nos une”. (JLR)

lunes, 3 de marzo de 2008

Y marzo es nuevo


Quiero andar al margen de todo,
y llevar conmigo un equipaje mínimo,
dejar que el día descienda sobre mis espaldas
bajo un cielo gris de truenos, porque se me da la gana.
Maltratar el breve cuaderno reservado para los momentos pésimos
cuando nada congenia con nada y es mejor mandarme a la mierda..
Mis garabatos improvisan naderías aunque sienta violines
y el aire estalle en mis pulmones, es mi espacio de soñar tu pecho.
Esto me hace feliz pero sigo en deuda al sacarme el disfraz,
Me contradigo y no importa, cada segundo es palpitar y allá voy.
El desencuentro con mis esquemas es feroz, en ellos dejé tus celos y caricias, mis condenas y un mar de caprichosos prospectos.
Observo la nave de mis cuerdas ausentes,
espero sus colores y fantasía que hoy no tiene conmigo,
sabe que sigo divagando entre las dudas de mis manos.
Estiro la desazón y el miedo de sobrevolar antiguos muros,
las hojas caen y marzo es nuevo,
ellas hechizan en su ocre descenso de muerte.
Deposito esa agonía prematura en mis ojos
cuando los versos pasan al costado,
como un concierto que no ha sido escuchado.
Camino sin cesar y entiendo apenas un par de cosas,
todo se bifurca y las campanas doblan por los sueños idos.
Borbotea mi corazón en su trinchera sin huída,
No hay estrategia ni bandera de rendición,
tampoco depongo mi estandarte,
ya no tengo armas y poco queda de lo conquistado.
Solo quiero marchar tras las líneas,
regresar a curar mis heridas, oler mis sitios,
juntarme en un bar con amigos y despuntar tonterías.
Amanecer sin relojes en el ámbar de un vino agraciado
coronar una noche con millones de estrellas
y volver sobre los pasos que aguardan.
Se que estarás al otro lado de la puerta,
que aliviarás mi nostalgia y dormiremos abrazados.
A un costado de tu almohada dejaré estas líneas y ninguna flor,
el verbo de una absurda melancolía huyendo.
Pienso otros tiempos y la misma cama,
y aprieto mis impulsos de darme pleno.
El viento mueve locamente las cortinas,
el lenguaje de la piel y los sentidos hacen lo suyo,
conjugando mis deseos precipitadamente
celebrando que no somos un cuento perdido. (JLR)




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